lunes, 12 de septiembre de 2016

El portero(segunda parte)

El departamento que estaba justo enfrente de la portería, que también era un mono ambiente, contaba con el doble de las dimensiones, incluso el baño tenía ante baño y un gran espejo de cuerpo entero, en cambio el de Gonzalito,  todo mínimo y  reducido, como el inodoro y el lavatorio liliputiense. También el detalle de la ducha sin mampara, que supongo,  al bañarse,  le inundaba todo el recinto, por lo cual deduje que sus excursiones a la ducha eran esporádicas,  y se notaba en el pelo grasiento o en el collar negro que se le formaba alrededor del cuello mientras sudaba realizando alguna tarea.
Tengo entendido, según la señora del sexto F, que Gonzalito, en reiteradas oportunidades, le había pedido al administrador del edificio, el Dr Ferrando, que intercediera ante el consorcio para mudar la portería al departamento “B”, que no se alquilaba, y solo era utilizado en raras ocasiones para alguna de las pocas reuniones. Hasta dónde ella sabía, gonzalito se había cansado de pedirle que lo tuvieran en cuenta, sobre todo, después de que su familia se fuera para no volver.
Como mis actividades ocupaban gran parte del día, a veces ni siquiera volvía, sobre todo en verano, cuando el calor del departamento era insoportable y en la oficina tenía aire acondicionado y un diván cómodo.  Casi nunca hacía sociales con mis vecinos, salvo en esa oportunidad en la que la señora del sexto hizo que cargara sus bolsas, y en ese trayecto en el cual íbamos a paso  de  tortuga, ella aceleradamente me relató  vida y obra del portero, salvo por eso, lo único que sabía era su nombre. Por cierto,  suena ridículo que un hombre de más de cincuenta años sea llamado por su diminutivo.

Fue recién cuando me fracturé la pierna,  y durante el reposo obligado de dos semanas, que  pude intimar, por decirlo de alguna manera,  con mis vecinos. La caída se produjo por un patinazo que me di en la entrada del edificio con algo que no pude precisar, y que no solo me produjo la fractura, sino algunos machucones dolorosos en varias partes del cuerpo, al caer despatarrado y sin posibilidad de defensa, debido a la sorpresiva rapidez  del derrape.  Según Gonzalito,  pudo haber sido caca de paloma, pero yo no vi nada.

viernes, 19 de agosto de 2016

El portero


por Claudia Isabel Lonfat
Hacía más de una década que vivía en el viejo edificio de la calle Pasteur cuando comenzó esta historia.  Diez años anodinos, solitarios, en los que solo había lugar para el trabajo.  Me había mudado, un poco para facilitarme los trámites y compras relacionadas con mi oficio, pero más que nada  por el cansancio que me producía viajar desde la zona oeste del gran Buenos Aires hasta Once, parado casi todo el trayecto y apretado como el ganado.
Gonzalito, el portero, ya estaba trabajando en el edificio cuando me mudé. Si bien el tipo no era más raro que yo, en cuando a su apariencia o su relación con los demás, sin embargo, había algo en su mirada escurridiza de esas que nunca apuntan  a los ojos del interlocutor  y  se pierden  en algún rincón, que me disgustaba bastante, por eso trataba de no hablar con él y arreglar cualquier cosa del departamento por afuera de la portería, incluso aquellas cosas de las cuales debería ocuparse la administración del edificio.

Según la vecina del sexto F, Gonzalito tenía mujer y dos hijos que estuvieron con él durante los primeros años, viviendo amontonados como “bosta de cojudo” (¿?) en ese cuchitril,  dicho textual, mientras me metía de prepo  sus compras de supermercado para que se las llevara  durante un corte de luz  seis pisos por escalera. Luego agregó que la mujer se cansó de la vida desgraciada que le hacía llevar Gonzalito, porque además de vivir hacinados,  ella tenía que limpiar varios departamentos para subsistir, ya que el sueldo de portero no alcanzaba ni para comer, y los chicos estaban en la edad del crecimiento, dijo la vieja frunciendo la nariz y haciendo fuerza sobre mi brazo acalambrado para subir los escalones;  el mismo brazo en el que colgaban las diez bolsas repletas de latas de caballa y arvejas que estaban de oferta en el supermercado chino...
(continuará) 

martes, 28 de junio de 2016

Colaje

Tremenda se mira al espejo. Se acomoda la peluca de cabello natural  color rubio  dorado intenso,  luego se ajusta el corsé de lentejuelas para que su cintura se vea más femenina y disimule la asimetría amorfa de su cuerpo. Después,  hace un escrutinio minucioso del maquillaje de sus ojos;  se asegura que las pestañas queden bien pegadas y no se note el adhesivo, que el delineado tenga el mismo grosor,  o que el degradé de la sombra no esté más claro o más oscuro en uno que otro párpado. Por último revisa el brillo de los zapatos y se mira de cuerpo entero.
Cuando sale al pequeño escenario, que se reduce a un habitáculo de dos por dos, ella se imagina entrando al del Maipo, rodeada de luces de colores, y hasta puede ver a un público eufórico pidiéndole que cante. Tremenda sonríe, con esa sonrisa bien estudiada, mostrando siempre su mejor perfil. Levanta los brazos en actitud de sorpresa y frunce su boca roja, brillosa de purpurina, después apoya las manos en las caderas, y sin dejar de fruncir sus labios, baja delicadamente los párpados, como si fueran telones de terciopelo, y le hace una reverencia a su público. Entonces, como si estuviera a punto de rezar  una plegaria, comienza a cantar: Sorry, is all that you can’t say…
Tremenda se siente angelada cuando canta. Solo así es feliz. No importa que la canción no combine con su ropa de cabaret suburbano, ni siquiera el hecho de hallarse en el guardarropa de “El dorado”,  con una fila de personas esperando que largue la botellita de cerveza que utiliza como micrófono, para que les guarde sus prendas y puedan entrar a ese mundo de fantasía. Ella no necesitaba ingresar para aislarse del mundo exterior, solo vestirse y cantar.
Algunos se ríen, otros la miran con pena, pero muchos, dentro de ese colaje indescifrable de personalidades;   con el pelo a lo Marilyn, el vestido a lo Gilda o las pestañas como Lisa Minelli, desearían tener un poco del triste coraje de Tremenda. Desearían romper las cadenas y cantar como ella. Pero nada es como parece ser.
Tremenda sabe,  que después de salir de “El dorado”,  de sacarse el corsé, el maquillaje, las uñas postizas, sus hermosos zapatos de quince centímetros, la peluca de cabellos naturales, y hasta las lentes de contacto azules, ella tendrá que ser él;  el hombre serio que todos conocen como el Doctor Carlos,  el hombre sombrío y solitario que cumple eficientemente con su trabajo...el hombre.
Nadie tiene porque saber, que él,  también es un colaje.

jueves, 19 de mayo de 2016

Fantasmas

La casa de mi padre siempre estuvo habitada por fantasmas, de hecho,  cuando le doy cierto valor de pertenencia al sustantivo “casa”, en verdad, no estoy siendo objetiva, teniendo en cuenta que él era una criatura del aire, alguien que levitaba en lugar de caminar,  o simplemente,  transcurría entre las cosas de una manera silenciosa y fugaz.
Yo solía verlo pegado a la radio, que tenía siempre en un rincón de la mesada. La apoyaba sobre el suplemento deportivo, que acostumbraba a retirar con ligereza del diario, para evitar que terminara cumpliendo otro rol en manos de mi madre o las mías. En esos tiempos no me preguntaba por qué en lugar de llevarse la Spica a la oreja y adoptar una posición más cómoda,  prefería  agacharse haciendo contorciones en un espacio muy reducido de la cocina donde solo entraba  él.  Acomodando allí sus huesos cortos y flexibles con cierta destreza envidiable, sobre todo para mi madre, que siempre tuvo sobrepeso y se movía con torpeza.
En esas largas tardes de domingo de la infancia, cuando yo era demasiado chica para salir, pero grande para jugar con muñecas y todo era aburrimiento, buscaba a mi padre para iniciar alguna conversación que por lo general abandonaba pronto, sobre todo cuando él me miraba con esa media sonrisa y me dejaba hablar sin seguirme, hasta que yo comprendía que a lo mejor,  lo que él quería, era apoyar la oreja en la radio para escuchar la voz engolada del locutor o relator deportivo.
Cuando no lo encontraba en su rincón con la Spica,  me asomaba por la ventana trasera y lo observaba, en cuclillas, fumando o jugando con el perro, siempre con su media sonrisa  desdibujada entre las volutas de humo,  o con el seño fruncido, si es que hubiera algo que le preocupara. Me gustaba verlo así, lejos de la Spica, y con la mirada perdida,  clara,  como el cielo cuando está resplandeciente;  porque sus ojos oblicuos,  transmitían ternura y hasta cierto desamparo infantil.
Al hacer estas retrospectivas, voy reafirmando mi odio por esa radio maldita que mantenía a mi padre embuchado en ese rincón de la cocina;  tan distraído de la vida, y tan lejos de mí.   



miércoles, 6 de abril de 2016

La telaraña

Anoche soñé con Moncho García. Estoy seguro que me visitó en sueños para reclamarme algo, por qué otra razón me iba a visitar desde el más allá, sino para dejarme algún mensaje, algo que no pudo hacer o decir. Tengo que reconocer que me quedó cierta angustia, y culpa, que de no haberlo soñado,  hubiese seguido perdido en mi memoria.
 Tenía la mirada triste, y el brillo de las lágrimas que se negaban a caer, como si se hubieran congelado en los lagrimales. Ahora lo veía en mi mente, anclado en los ojos. Yo los cerraba con furia, pero al abrirlos,  él retornaba con esa tristeza agobiante.
Moncho trabajaba en el banco X conmigo, fue uno de los tres compañeros secuestrados durante la dictadura, y el único que volvió. No se sabe por qué lo liberaron, pero puedo dar fe de que su padre hizo de todo para conseguirlo. Después de recuperarse físicamente, volvió al trabajo, pero ya no era el mismo. Con el tiempo nos empezamos a acostumbrar a su cambio y también a sus largos silencios.
Un día se arrimó y me dijo —Ves a ese tipo de pantalones marrones y camisa blanca que está en el mostrador donde se pagan los cheques de los empleados estatales —
—Si, claro, lo veo —le respondí
—Fue mi torturador, el que me pegaba y vejaba —
Me lo dijo de una manera que me heló la sangre. No había tristeza, ni odio. Ningún sentimiento de repudio a la vista. Simplemente se quedó mirándolo, como si estuviera todavía atrapado en una telaraña. Le temblaban las manos, y para ocultarlo, las metía en los bolsillos,  pero era imposible disimular, tenía una palidez de muerte.
 Se me hizo un nudo en la garganta y me llené de odio. Creo que si hubiese tenido un arma, le disparaba sin miramientos a quemarropa. Moncho lo siguió observando, con esa mirada oblicua de vaca que va al matadero sabiendo lo que iba a ocurrir, y el hijo de puta del torturador, hasta parecía un viejito de esos que sacan a pasear al perro y conversan con chicos. Los tipos como él, creen que cumplieron con su deber, por eso caminan con la frente alta.

 Entonces entendí porque esa visita en el sueño. Yo había dado vuelta la página, aún así, el odio seguía adentro. No había podido despegar de esas situaciones. Repetía la frase hecha “La vida sigue su curso”, cada mañana frente al espejo, como una oración salvadora, pero estaba vacío, no tenía contenido. Era lo que él me quería transmitir: que yo también había quedado atrapado en una telaraña.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El ventilador

El ventilador
Por Claudia Isabel Lonfat
Las siestas de verano en el pueblo, siempre fueron largas y aburridas. Los adultos preferían acortar el día durmiendo, para escaparle a las horas más calurosas, y nos obligaban a permanecer decúbito dorsal hasta las cinco de la tarde. Yo miraba el vetusto y enclenque ventilador de techo, cuyas aspas giraban con la misma lentitud de la siesta, y recordaba el día que papá lo trajo de la ciudad. Estaba contento el viejo, pensando que nos proveía de cierto confort, como cada una de las veces que viajaba y traía algo que según él servía para que mamá se “luciera”. Al principio, con los primeros viajes, a mamá se le iluminaban los ojos, supongo que creía, que ese lucimiento se relacionaba con algún vestido, algo de oro comprado en cuotas, o quizás zapatos con plataforma como los que usaban las mujeres de la TV, pero después de ver a papá sacar de su embalaje, objetos polvorientos como una licuadora, cuchillos, lámparas de pie de segunda mano,  o una vieja alfombra, percibía la desilusión de mamá, y sus ojos se volvían a opacar, sin haber exhalado  una sola queja.
 La realidad era que el ventilador no servía para nada;  jamás pudimos conseguir que esas aletas metálicas, grises, casi inertes, pudieran tirar un poco de alivio sobre nuestros cuerpos acalorados. El viejo había reemplazado la araña de bronce de la sala con  bellos caireles de cristal, por un armatoste ruidoso y feo,  pero luego, después del chasco sufrido por la inutilidad del artefacto,  volvió a colocar la araña en su sitio,  y el ventilador pasó a formar parte del escaso mobiliario de mi pieza, quizás pensando que por ser tan diminuta, allí sí podría cumplir su función específica.
 A veces, agobiado en medio del estío, miraba el girar perezoso de sus aspas hasta ser invadido por las nauseas y caer en la cuenta de que había encontrado una manera de sacarle provecho al ventilador. Llevaba su tiempo, pero al final lo conseguía, las nauseas volvían,  y de esa manera le hacía creer a la vieja que me había caído mal la comida, razón por la cual se mortificaba tanto, que se desvivía por atenderme y preparar jugos de fruta.
Me sentía mimado cuando ella me pasaba la mano por la frente para calcular la fiebre, y yo notaba, o creía notar,  un suspiro ahogado de alivio al comprobar que estaba bien. Eso me llenaba de felicidad. Ver ese destello de preocupación en sus ojos, hacía que valiera la pena todo ese tiempo empleado en mirar esas sucias aspas moviéndose sin parar. Pero algo pasó. Las nauseas se fueron quedando, incluso,  ya no necesitaba ver su monótono girar, y hasta la fiebre ahora era real, no solo la resultante del deseo impoluto de recibir las caricias de mamá. No me animé a decirle al médico que trajo papá de la ciudad, que las nauseas las provocaba yo mismo mirando fijo y durante un tiempo prolongado, el movimiento de las aspas del ventilador de techo, y al observarlo tan serio en su ropa blanca, empezaba a percibirlo como uno más de los tantos objetos inservibles que acostumbraba a traer papá.
El doctor fruncía el entrecejo y hablaba en voz baja. Los ojos de mamá tenían una expresión tan triste y desoladora, que permanecían así hasta cuando se sonreía, como los de las mujeres en las pinturas románticas antiguas. Fue tal la tristeza que vi en ellos, que no aguanté más y le pedí a papá que tirara de una vez por todas el ventilador.