miércoles, 6 de abril de 2016

La telaraña

Anoche soñé con Moncho García. Estoy seguro que me visitó en sueños para reclamarme algo, por qué otra razón me iba a visitar desde el más allá, sino para dejarme algún mensaje, algo que no pudo hacer o decir. Tengo que reconocer que me quedó cierta angustia, y culpa, que de no haberlo soñado,  hubiese seguido perdido en mi memoria.
 Tenía la mirada triste, y el brillo de las lágrimas que se negaban a caer, como si se hubieran congelado en los lagrimales. Ahora lo veía en mi mente, anclado en los ojos. Yo los cerraba con furia, pero al abrirlos,  él retornaba con esa tristeza agobiante.
Moncho trabajaba en el banco X conmigo, fue uno de los tres compañeros secuestrados durante la dictadura, y el único que volvió. No se sabe por qué lo liberaron, pero puedo dar fe de que su padre hizo de todo para conseguirlo. Después de recuperarse físicamente, volvió al trabajo, pero ya no era el mismo. Con el tiempo nos empezamos a acostumbrar a su cambio y también a sus largos silencios.
Un día se arrimó y me dijo —Ves a ese tipo de pantalones marrones y camisa blanca que está en el mostrador donde se pagan los cheques de los empleados estatales —
—Si, claro, lo veo —le respondí
—Fue mi torturador, el que me pegaba y vejaba —
Me lo dijo de una manera que me heló la sangre. No había tristeza, ni odio. Ningún sentimiento de repudio a la vista. Simplemente se quedó mirándolo, como si estuviera todavía atrapado en una telaraña. Le temblaban las manos, y para ocultarlo, las metía en los bolsillos,  pero era imposible disimular, tenía una palidez de muerte.
 Se me hizo un nudo en la garganta y me llené de odio. Creo que si hubiese tenido un arma, le disparaba sin miramientos a quemarropa. Moncho lo siguió observando, con esa mirada oblicua de vaca que va al matadero sabiendo lo que iba a ocurrir, y el hijo de puta del torturador, hasta parecía un viejito de esos que sacan a pasear al perro y conversan con chicos. Los tipos como él, creen que cumplieron con su deber, por eso caminan con la frente alta.

 Entonces entendí porque esa visita en el sueño. Yo había dado vuelta la página, aún así, el odio seguía adentro. No había podido despegar de esas situaciones. Repetía la frase hecha “La vida sigue su curso”, cada mañana frente al espejo, como una oración salvadora, pero estaba vacío, no tenía contenido. Era lo que él me quería transmitir: que yo también había quedado atrapado en una telaraña.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El ventilador

El ventilador
Por Claudia Isabel Lonfat
Las siestas de verano en el pueblo, siempre fueron largas y aburridas. Los adultos preferían acortar el día durmiendo, para escaparle a las horas más calurosas, y nos obligaban a permanecer decúbito dorsal hasta las cinco de la tarde. Yo miraba el vetusto y enclenque ventilador de techo, cuyas aspas giraban con la misma lentitud de la siesta, y recordaba el día que papá lo trajo de la ciudad. Estaba contento el viejo, pensando que nos proveía de cierto confort, como cada una de las veces que viajaba y traía algo que según él servía para que mamá se “luciera”. Al principio, con los primeros viajes, a mamá se le iluminaban los ojos, supongo que creía, que ese lucimiento se relacionaba con algún vestido, algo de oro comprado en cuotas, o quizás zapatos con plataforma como los que usaban las mujeres de la TV, pero después de ver a papá sacar de su embalaje, objetos polvorientos como una licuadora, cuchillos, lámparas de pie de segunda mano,  o una vieja alfombra, percibía la desilusión de mamá, y sus ojos se volvían a opacar, sin haber exhalado  una sola queja.
 La realidad era que el ventilador no servía para nada;  jamás pudimos conseguir que esas aletas metálicas, grises, casi inertes, pudieran tirar un poco de alivio sobre nuestros cuerpos acalorados. El viejo había reemplazado la araña de bronce de la sala con  bellos caireles de cristal, por un armatoste ruidoso y feo,  pero luego, después del chasco sufrido por la inutilidad del artefacto,  volvió a colocar la araña en su sitio,  y el ventilador pasó a formar parte del escaso mobiliario de mi pieza, quizás pensando que por ser tan diminuta, allí sí podría cumplir su función específica.
 A veces, agobiado en medio del estío, miraba el girar perezoso de sus aspas hasta ser invadido por las nauseas y caer en la cuenta de que había encontrado una manera de sacarle provecho al ventilador. Llevaba su tiempo, pero al final lo conseguía, las nauseas volvían,  y de esa manera le hacía creer a la vieja que me había caído mal la comida, razón por la cual se mortificaba tanto, que se desvivía por atenderme y preparar jugos de fruta.
Me sentía mimado cuando ella me pasaba la mano por la frente para calcular la fiebre, y yo notaba, o creía notar,  un suspiro ahogado de alivio al comprobar que estaba bien. Eso me llenaba de felicidad. Ver ese destello de preocupación en sus ojos, hacía que valiera la pena todo ese tiempo empleado en mirar esas sucias aspas moviéndose sin parar. Pero algo pasó. Las nauseas se fueron quedando, incluso,  ya no necesitaba ver su monótono girar, y hasta la fiebre ahora era real, no solo la resultante del deseo impoluto de recibir las caricias de mamá. No me animé a decirle al médico que trajo papá de la ciudad, que las nauseas las provocaba yo mismo mirando fijo y durante un tiempo prolongado, el movimiento de las aspas del ventilador de techo, y al observarlo tan serio en su ropa blanca, empezaba a percibirlo como uno más de los tantos objetos inservibles que acostumbraba a traer papá.
El doctor fruncía el entrecejo y hablaba en voz baja. Los ojos de mamá tenían una expresión tan triste y desoladora, que permanecían así hasta cuando se sonreía, como los de las mujeres en las pinturas románticas antiguas. Fue tal la tristeza que vi en ellos, que no aguanté más y le pedí a papá que tirara de una vez por todas el ventilador.