miércoles, 16 de noviembre de 2016

La mirada incompleta


Solo los sueños me devuelven la mirada completa. Hasta ahora nunca había tenido que lidiar durmiendo, con esta ausencia, pero los sueños duran poco, y a veces son raros, como ese en el cual yo me encontraba frente a un muro donde había un mosaico que sabía que pertenecía al imperio romano. Tenía un gran ojo, y a su alrededor un pato, un ciempiés, un alacrán, una serpiente y hasta un perro que le ladraba. También había otros objetos, punzantes  e indefinidos, y a su lado, algo diabólico. Sí, los sueños pueden ser muy raros.
Cuantas veces en juegos fui el pirata Morgan. Hoy el parche de plástico negro, se encuentra arrumbado en el fondo de un cajón, como si fuera un pecado, oculto. No me animo a cubrir el hueco con eso, ni siquiera puedo tocarlo, o ya lo hubiese arrojado lejos.
Casi no recuerdo como es mirar de a dos. Parece mentira que, a pesar del tiempo transcurrido,  me cueste girar la cabeza para abarcar los costados; un poco hacia la derecha y un giro casi absoluto hacia la izquierda. Es cuando me gustaría tener la destreza de las lechuzas.
–Somos animalitos de costumbres —decía mamá alentadora. Como si el hueco en mi cara, y eso de andar revoleando la cabeza, fueran cosas de las que uno pudiera acostumbrarse. Igual yo afirmaba todo, aunque mi único ojo la mirase con la suficiente angustia que valiera por dos. No es que quiera pensar todo el tiempo en esto, pero para qué negarlo, el ojo ausente me pasa factura a cada rato, me marca los límites.
Mi madre hizo todo lo posible por completar mi cara, pero ese objeto redondo, sin vida, que yace en su estuche y que intenta suplir esa ausencia, me resulta todavía más tenebroso que el parche de Morgan. Si solo sirve para cubrir un hueco, no me interesa.  La gente va a seguir mirándome igual;  fingiendo indiferencia y ocultando sus verdaderas impresiones. No quiero un objeto inerte que solo cumpla la función de completarme. Tapar vacíos como mentiras, sobre todo las de mamá, que finge felicidad y hasta canta cuando me lo ve puesto. Tal vez se sienta menos culpable, pero yo no la culpo, hay cosas que simplemente ocurren. Es fácil hablar de prevención después de que pasó la desgracia, cuando todos vamos por la vida sin medir constantemente los peligros. Ahora mismo pienso en las veces que trepé árboles o me tiré desde el techito del galpón, o las veces que le decíamos a mi tía Betty que íbamos a comprar golosinas con mis primos, y terminábamos comprando cohetes, rompe portones, usando latas y botellas para lograr mejores efectos.
Volviendo al tema del ojo, creo que si me lo pongo, voy a ser un monigote completo.
Quizás me decida por el parche de Morgan. Seguramente es mejor que andar con anteojos oscuros hasta los días de lluvia.



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